Aquellas pequeñas cosas

Bueno, pues nos vamos despidiendo de 2016 con un clásico. ¡Que lo disfrutéis y hasta pronto!


Escucha nula


Es la primera vez, en los años que tengo, que en estas navidades no he escuchado beber los peces en el río, que hasta donde yo sé, ellos no tienen que coger el coche.
      Y es que está todo cada vez más contaminado: los peces, las personas, el ambiente...

        Como sigamos así, dentro de poco todos abstemios y con cara de acelga. 

El espejo


Yo hace tiempo que prácticamente dejé de mirarme al espejo. Concretamente desde que me di cuenta de que siempre me encontraba la misma cara. No comprendo cómo hay gente que se observa tanto, pues no sé qué esperan encontrarse. Lo raro sería ver cada vez una cara distinta, que eso no ocurre ni en el pueblo de Belmez.
        La cara no cambia tanto de un rato para otro, ni siquiera de un día para otro. Me atrevería a decir que ni de un mes para otro, salvo que te la partan. Yo, por eso, me miro en el espejo una vez cada cinco años y siempre he visto más o menos lo mismo, pero con más edad. Es decir, un envejecimiento natural y no un rejuvenecimiento artificial. Salvo hace poco, que vi a mi padre, y fui deteniéndome lentamente en cada arruga, en cada gesto suyo y que ahora son míos. Entonces pensé en aquel maravilloso ser que se marchó hace ya demasiados años.

        Últimamente cada vez lo veo más a menudo. Lo bueno que tiene es que puedo hablar con él, preguntarle aquellas cosas que no me atreví o dejé para otro momento, como darle un beso, un abrazo o simplemente decirle "te quiero".

Retrato


Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

  Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;
mas recibí la flecha que me asignó Cupido
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

  Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
 
  Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
 
  Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
 
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
 
  Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
  Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
 

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
  Y cuando llegue el día del último viaje
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Una de banderas

Hoy 12 de octubre y preocupado como casi todos los españoles por los sucesos acaecidos en Cataluña, he decidido poner mi granito de a...