EL SEÑOR AMINO: ¿Para cuándo?


A mí no me gusta la política. Lo que pasa es que el otro día estaba pensando en el día del orgullo gay y me pregunté (a la vista de tanto imputado político, de tanto ladrón, y salvadores de la patria, que descaradamente nos toman el pelo y nos tocan nuestras partes más estimadas y nombradas), que ¿para cuándo el día del no me tomes por gilipollas?


         Estoy deseando celebrarlo junto con millones de personas, aunque como hay tanto tonto suelto igual no pillan el motivo.

Palabras entre nosotros


Me sucede todos los años. El mismo mes y el mismo día. El recuerdo que nunca se ha ido aparece con más fuerza.

        Las palabras, que sirven para comunicarnos, así como los gestos de complicidad, parecen quedarse latentes en el tiempo.


        Pero no es verdad, porque, a veces, sobran la palabras. Y además, entre nosotros, no necesitamos pronunciarlas para que sean escuchadas. Para decirnos «te quiero».


El bombo de Manolo de España


Desde aquí quiero mandar un mensaje de enhorabuena por la aparición del bombo de Manolo.

Estábamos todos tan preocupados que por unos días dejamos al lado los problemas de corrupción del país. ¡Gracias, Manolo!

Ánimo Manolo. Mi novia también tenía un bombo y ya no. ¡Ha sido niña!

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Aprovecho la ocasión para recordaros que tenéis que confirmar el correo que habréis recibido de mi blog para que os salga de forma automática cada relato que publico.


Gracias a todos los que confiáis en mi lectura. 

Tarde de fútbol (adiós al Calderón)


Hacía muchos años que no iba a ver un partido de fútbol. Aprovechando que mi querido Atleti echaba el cierre al estadio Vicente Calderón, me animé a sacar dos entradas e irme con mi hija con intención de pasar una tarde entretenida.

        Salí de mi casa con la camiseta del Atleti puesta. Orgulloso de ser "colchonero". En el camino nos cruzamos con tres jóvenes, que al verme con la rojiblanca empezaron a increparme y se fueron acercando cada vez más a nosotros, hasta que uno de ellos me dijo: ¡bote, bote, bote, madridista el que no bote! Y yo boté... por lo que me cayó una somanta de hostias que me dejaron la cara y la cadera doloridas.

        Cuando me recuperé gracias a los cuidados de mi hija, me dijo que si nos volvíamos a casa, a lo que yo me negué diciéndole que me encontraba bien, y que unos salvajes no iban a fastidiarnos la tarde. ¡Coge la camiseta y guárdala en la mochila por si vuelven a aparecer otros energúmenos como estos!

        Al llegar al metro de Pirámides parecía que había estallado la guerra civil. Ríos y ríos de personas iban avanzando hacia el estadio del equipo de mis amores. Abuelos, padres, hijos y nietos (y como dirían en el PSOE abuelas, madres, hijas, y nietas). Todo el mundo con sus camisetas, banderas, bufandas y cualquier signo atlético que se pudiera imaginar. Camisetas de todas la épocas y de los más distintos jugadores de ahora, de antes y de siempre. Hasta aficionados vestidos de indios. Un río colorido en rojo y blanco bajando por el Paseo de los Melancólicos y calles adyacentes.

        Uno está tan poco acostumbrado a estos eventos tan masivos, que tras verificar las entradas en el torno de acceso al campo, me topé con un señor con un peto amarillo que se puso delante de mis narices a la vez que me hacía señales como de querer darme un abrazo.  A ello iba (pensando que el hombre estaría repartiéndolos por ser el último partido) cuando oí el grito desgarrador de mi hija diciéndome: ¡Papá, que levantes los brazos que te tienen que cachear! ¡Joder, qué vergüenza! El hombre cuando acabó de hacer su inspección manual (a mí se me vino a la cabeza el tacto rectal del urólogo), me dijo: ¡qué tenga usted una buena tarde! A lo que yo respondí muy educado: ¡igualmente!

        Por fin conseguimos llegar a nuestros asientos, y cuando ya estábamos sentados, le dije a mi hija: ¡Saca la camiseta que ya estamos en territorio indio y aquí estamos seguros! Eso creía yo. Otro energúmeno (ahora vestido de rojiblanco) se dirigió a mí también de malas formas: ¿Oiga, qué pasa? ¿Es que le da a usted vergüenza ponerse la camiseta por la calle, que la tiene que traer guardada? ¡Es que tenía calor! –le dije–, pero ya me la pongo que va haciendo fresquito (a pesar de que de los 30º no bajaba el termómetro).

        Pues más de lo mismo. Antes de que me diera cuenta, otra somanta de hostias (ahora colchoneras), me cayeron por todos lados de tal forma que me dejaron el brazo derecho entumecido y la nariz chorreando sangre. Si no es –otra vez más– gracias a mi hija que sacó el paraguas y nos hicimos fuertes allí mismo, ni lo cuento. Eso sí, esta vez tuve que ejercitarme en el ¡bote, bote, bote, madridista el que no bote! pues estábamos rodeados y sin escapatoria.

        Cuando se calmaron los ánimos, gracias a la intervención de otros aficionados y nos dejaron en paz,  nos dispusimos a disfrutar del espectáculo. Allí estaban nuestros ídolos: gordos, calvos, con pelo canoso, andando por la banda para calentar. A alguno de ellos, en pleno precalentamiento, tuvieron que asistirle con oxigeno, a otro se lo llevó la camilla de Cruz Roja al intentar darle al primer balón que le lanzaron, resultado de la patada que le dio al aire y que dio con sus huesos en el césped tras una voltereta en el aire. Se quejaba de un tirón, pero yo creo que se había roto la rabadilla.

        Pero bueno, fue una tarde maravillosa, emotiva, rayando entre la tristeza y la alegría. Nos despidió Fernando Torres "el niño" y el himno de Joaquín Sabina coreado por todo un campo lleno de aficionados. Y me llevé todo por el mismo precio.

        Y llegamos a casa. Al abrir la puerta mi mujer se llevó las manos a la cabeza y se asustó viendo el estado tan lamentable que llevaba, pues encima nos cayó de vuelta un chaparrón de agua y nos calamos hasta los huesos. ¿Pero qué te ha pasado, es que has jugado tú también? No respondí. Habían sido demasiadas emociones para solo una tarde, aunque todas las di por buenas porque yo por mis colores y mi Atleti... ¡mato!

Lo único que no llevo bien es que hayamos sido indios durante cincuenta años y de ahora en adelante... chinos.

El repetidor



Un repetidor puede ser un aparato que sirve para transmitir señales electrónicas de un sitio a otro. También tiene este nombre aquella persona que, en base a un examen o prueba que no ha realizado de la forma requerida, tiene que volver a repetirlo nuevamente para poder superarlo.
        Pero hay un ser, llamémosle así, al que yo también haría repetidor. Este ser es el que casi día a día es noticia de portadas de periódicos, radios y televisiones: el asesino que quita la vida a su pareja, mujer, hijos, etc y que luego tiene la mala fortuna de que "intentó quitarse la vida sin conseguirlo". Mala suerte, amigo. Tendrás que repetir.

        Yo habilitaría una dependencia para éste tipo de repetidores, para que tuviesen la ocasión de repetir tantas veces como fuese necesario hasta que superasen la prueba y no se les privase de tan gozosa experiencia. Y cuando obtuviesen su título se lo guardaría en un bolsillo para que ardiese con él en el infierno.

El cajero


"En el siglo XIV, cuando fue escrita la obra poética la «Divina Comedia» (Paraíso, canto VIII) por el florentino Dante Alighieri, la mejor forma de insultar a un catalán era recordar la rigidez de sus bolsillos". 

Va a ser que lo que se dice de la fama de tacaños de los catalanes va a ser cierto.

     Ayer fui al cajero automático de un banco próximo a mi domicilio, y tras pedirme en qué idioma quería hacer la operación le debí de dar por equivocación "en catalán".

   Fue tal mi sorpresa que al retirar los doscientos euros que había solicitado solo me dio ciento noventa.    

El prejubilado


La semana pasada me encontraba esperando en la consulta del urólogo para una revisión rutinaria. Enfrente mío había  un hombre de sesenta y tantos años. Miraba al suelo, mano sobre mano, como aburrido, como desilusionado y abatido.

        Me quedé mirando su cara fijamente. Cada gesto por pequeño que fuese me lo fui interiorizando, y caí en la cuenta: debía ser uno de esos hijos de puta jubilado que habían puesto en la calle, y ahora añoraba sus años como jefecillo de alguna empresucha de poco monte, donde impunemente habría hecho la vida imposible a sus empleados, y ahora, amargado por no poder hacerlo, se le había revelado la próstata.

        ¿Qué si yo estaba allí por lo mismo? Naturalmente que no. Es que ahora estoy prejubilado y para no aburrirme me voy a los hospitales a entretenerme un poco hasta la hora de la comida, porque si no mi mujer me tiene en casa sin parar de ordenarme cosas.


        A mí, con lo que yo he sido...

La fiesta del 1 de mayo


Hoy es la fiesta del trabajo. Curiosamente en esta fiesta no se dejan ver muchos de los que están sobrados de él, porque algunos tienen tanta suerte que nunca les falta, y cuando les falla siempre hay algún amigo que rápidamente se lo repone en cualquier parte lejos del mundanal ruido, posiblemente para devolverle algún favor pendiente en el pasado.

        Aquí en España no la celebran casi el veinte por ciento de los trabajadores, porque no tienen nada que celebrar. Estos y aquellos faltan a la fiesta por distintos motivos. Los primeros, bastante maltrechos, desilusionados, hartos de corruptos que se llevan nuestro dinero, bastante tienen con quedarse en casa para lamerse las heridas, y los segundos disfrutando de sus maravillosas mansiones para poder seguir lamiendo culos.

        De todas formas, como se suele decir, nadie dijo que esto iba a ser fácil (sobre todo la vida del común de los mortales), así que vayan y pasen (que la entrada es gratis) para recordarles a los que lo tienen en su mano que todos tenemos derecho a trabajar, y que hacerlo unas horas o solo unas semanas no es trabajo, sino algo parecido a la esclavitud.

Hoy, como ayer


Hoy, como ayer, como hace ya bastantes años,
vuelve nuestro dolor a ser más presente.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, te fuiste demasiado pronto,
adelantándonos tu ausencia irreemplazable.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, seguimos igual, casi igual,
con el mismo dolor, con menor intensidad.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, te quiero,
y a ellas las digo que las quiero,
que tú me lo dices para ellas,
y que a ellas es lo que más quiero.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, nuestro corazón se entristece,
como lo hizo ya algunos años,
como lo hace todos los días,
como todos los días cuando amanece.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, es tanto lo que te quiero,
que lloro y no lo puedo evitar,
¡que me quitaron a mi niño!,
¡cómo más te pueden dañar!,
la vida hubiese sido menos dolorosa,
si te la hubiese podido cambiar.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, te llevo en mi cabeza, en mi corazón
no te preocupes, mi vida, nadie te echa en olvido
yo pude perder la razón
poderla, pude, por poco no he podido.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, beso tu foto al mirarte
como cada despertar, como cada ¡hasta mañana!
solo puedo hacer eso: ¡amarte!
y sentir la distancia cada vez más cercana.
--- ~ ---
Hoy, como ayer, mi niño viene a soplarnos en el viento:

estamos juntos, estamos unidos. Eso será nuestro sentimiento.

EL SEÑOR AMINO: ¿Para cuándo?

A mí no me gusta la política. Lo que pasa es que el otro día estaba pensando en el día del orgullo gay y me pregunté (a la vista de tant...