Admiración

Siempre he admirado a esas personas que sin tener nada, o mejor aún, renunciando a lo que tienen, se ponen al servicio de los demás para ayudarles de una forma altruista, y compartiendo con ellos el dolor, el sufrimiento, y a veces, entregando su propia vida en defensa de unos ideales y un amor que profesan sin límites hacia el prójimo.
      Me recuerdan bastante a algunos políticos, que dejan sus acomodados puestos, la tranquilidad emocional y económica que les reporta, para dedicarse también altruistamente en cuerpo y alma, a sofocar los problemas de los ciudadanos, estando en la calle con ellos, escuchándolos, solucionando sus desesperaciones, alentando su ánimo y hasta su alma: la conciencia del pueblo.
        Y todo ello sin perder la sonrisa, luciendo estupendos trajes, relojes y bolígrafos de marca, desplazándose en magníficos y caros coches de alta gama. Quizá todo esto lo hagan mientras disfrutan de una suculenta comida, fuera de menú del día, pagada con el dinero de los leprosos del pueblo, de manera que se sientan bien alimentados para poder seguir con la dura tarea de pensar como separarse un poco más de los ciudadanos que les han elegido para representarles.

         Y es que los políticos luchan para llegar al poder en una carrera de fondo, llena de mentiras y promesas incumplidas, para luego, cuando cruzan la línea de meta, y al caminar los primeros metros tras la cinta, cambiar de actitud y volver a casa derrotados, exhaustos por el esfuerzo, pero sabiendo que les espera una vida mejor que la que dejaron, como premio a su buena gestión al servicio del amo. Al amo del amo de otros incomparecientes amos, dueños de la rueda forjada a base de mentiras e hipocresías.

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