Volviendo a sentir



Encaminé mis pasos hacia el monte, donde hacía tiempo que no iba. El día se había presentado lluvioso, pero la fina capa de agua que caía desde el cielo no me impidió darme un paseo que tanto me gusta. El paraguas en casa. Adrede.

        Un paso seguía a otro, y mientras el agua daba en mi cara, con los ojos cerrados, iba percibiendo el olor a tierra mojada, el olor de los pinos, de las arizónicas,  de los tomillos y romeros, que todos juntos hacían un perfume que quisiera tener envasado, para embriagarme de naturaleza virgen.

        De repente la lluvia caía con intensidad, pero allí estaban los árboles, para poder guarecerme en ellos. Las nubes iban apoderándose de las montañas hasta hacerlas casi invisibles. Desde mi privilegiado sitio, pude ver embriagado la naturaleza en su estado puro, los charcos de agua que se iban formando sobre la tierra ya empapada, el devenir de los pájaros en todas direcciones, dibujando el aire con sus movimientos, y yo allí, solo, inmensamente afortunado, inhalando un aire tan limpio y fresco, que mis pulmones agradecían según penetraba en cada alveolo, observando con felicidad el entorno, sin más ruido que el aletear de los pájaros, el murmullo del viento entre los árboles, el silencio más puro.

        Allí, pude olvidarme por unas horas, de algo que no quiero ni mencionar para no estropear unos momentos mágicos. Todo ello por el tiempo que duró el paseo antes de volver a la realidad.

        A punto de salir del monte, volví la vista atrás. Apenas unos metros separaban un sentimiento, una forma de vida de otra. Tan cerca, tan lejos, pero finalmente di las gracias por estar volviendo a sentir.

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