lunes, 18 de marzo de 2013

La cuidadora


La otra mañana, aún siendo sábado y no tener que ir al trabajo, me levanté temprano para hacer unas cosas que hacía tiempo que por dejadez, tenía que haberlas hecho ya hace algún tiempo. Para no hacer ruido en casa, me bajé a la cafetería del barrio, y cuando estaba apurando los últimos sorbos de un rico y caliente café, en una mañana demasiado fría de este invierno que se presentó casi como todos los años, de repente.

        Fue entonces cuando entró una anciana agarrada del brazo de una mujer de rasgos sudamericanos. Su andar era torpe, lento, dubitativo, inseguro. La cuidadora la ayudó a sentarse, y pidió al camarero unas pastas que estaban bañadas por encima de fresa que a la anciana parecían gustarle mucho.

        Su mirada estaba perdida, su rostro inmóvil, no pronunciaba una sóla palabra, tan sólo gestionaba a veces, negando o afirmando, a lo que su cuidadora le preguntaba con la máxima devoción, sin atisbarse nada más en la anciana que un temblor en sus manos y cabeza. Ni una sonrisa, ni un gesto de malestar. Nada de todo.

        Iba impecablemente vestida. El pelo recogido en un moño que sujetaba con dos horquillas. Tenía la cara reluciente, seguramente de la crema que la cuidadora la había extendido.

        De repente, algo pareció contrariar a la anciana, que manifestó como bien pudo. Al instante, la cuidadora cogió sus manos temblorosas y las apretó con fuerza contra las suyas, a la vez que las acariciaba y trataba de saber qué le sucedía. No dejó de hablarla y volvió a serenarse. Le dio un bocado de las pastas y un trago de café que ingirió lentamente, mientras la cuidadora no apartaba un sólo instante su mirada de ella, sin soltar sus manos en ningún momento más que para que tomase su desayuno. Le preguntó si le gustaba lo que comía, y la anciana asintió con la cabeza afirmativamente.

        Me sorprendió que la cuidadora no la acompañase a tomar algo con ella, quizá para no perder un sólo detalle, un sólo gesto de su acompañante. Sólo la acompañaba y la cuidaba… Sólo eso. Porque sus ojos perdidos, únicamente buscaban amor, amor al contacto, sin importarle de dónde provenía. Estoy por asegurar que no sabía ni el nombre de la cuidadora que la acompañaba. Una de ésas a las que tantas veces criticamos, pero que utilizamos de intermediaria de nuestro egoísta amor en entredicho, a la cual pagamos para gastar nuestro tiempo libre y así liberar nuestra conciencia.

        Me pareció una escena enormemente tierna y triste a la vez, y fue entonces, a punto de levantarme para irme, cuando me pregunté dónde estarían sus hijos. Dónde estaba yo.

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