Vistas desde mi balcón


Cuando hace ya cincuenta y tantos años me regalaron el piso en el que vivo, nunca pensé que tanta gente iba a venir a visitar uno los sitios en los que más me gusta pasar horas y horas.
        Cuando lo edificaron, los demás pisos iban a ser todos iguales. Su construcción en redondo totalmente acristalada no denotaba nada que llamase particularmente la atención. Pero, según la construcción iba avanzando, fue apareciendo una pequeñísima terraza, que con el paso de los meses, fue creciendo y creciendo.
        No pudo saberse quien o quienes la construyeron, lo cierto es que fue el único piso que la tenía.
        Por allí pasaron todo tipo de personas, todas peculiares, todas distintas. Personas que nunca se detenían a ver el resto de la casa. Sólo el balcón les llamaba la atención: mi balcón.
                Desde allí se ven cielo y tierra, se ven gentes, a su vez, de toda condición,  de todo pensamiento, de todos los colores y etnias. Siempre se ven diferentes perspectivas. Se ven gentes discutiendo, destruyéndose sin saber ni por qué ni para qué. Matándose siguiendo las consignas del poderoso, mientras él descansa en su finca acompañado de un buen puro, de su bebida preferida, de su puta indiferente a quien ni conoce.
Gente que cuando sale del balcón encuentra sentido a muchas cosas de las que hace, que se alegra de que su desgracia no sea tan delicada como podía pensar, que se encuentra más dichosa y agradecida. Gente a la que invade una sensación de bienestar, de sosiego, tras haber departido un rato con mi corazón, con mis conocimientos y mis desconocimientos. Gente que quiere volver para mirar.
        Desde fuera, pero sobre todo desde dentro.

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