domingo, 27 de noviembre de 2016

Seres raros


En este mundo tan amplio y donde hay tantísima variedad de especies, tiene que haber seres raros de lo más variopinto.

        Uno de los más curiosos y conocidos es el ornitorrinco: cola de castor, pico de pato, y un espolón trasero que expulsa un veneno altamente doloroso. Otro, el antílope "saiga" tiene una nariz parecida a la trompa de un elefante.

        Y muchísimos seres raros más. Pero sin duda, el más raro de todos ellos es el ser humano. Los hay que tienen la cabeza con pelo, calvos, con diferentes tamaños en altura y anchura, al igual que las orejas y la cabeza (en la que, a algunos, le salen cuernos), con ojos de distintos colores. Y en el resto del cuerpo no es diferente: en la cara les salen patas de gallo, en los brazos codos de tenista (algunos con raqueta y todo), piel de naranja, de gallina, pájaros en la cabeza, etc. Y todo ello lo aderezan con tatuajes, piercings, tuercas, pinchos, se estiran la cara, se ponen pecho, culo, se hacen liposucciones, se ensanchan los labios, se rompen la ropa, se la acortan, se la alargan. Me río yo del pavo real que se cree tan guapo.

        Pero si hay algo que me llama la atención en todos estos seres raros es que solo tienen un corazón, especialmente en el ser humano. Sí, este que es capaz de llegar a otros planetas, y "se olvida" de lo que pasa aquí.  Es como empezar un proyecto sin haber acabado otro. Y cuando se abre uno y otro y otro sin cerrarlos, pasa lo que pasa en este mundo: que todo es un caos, (donde mientras unos tienen barcos de oro y tiran enormes cantidades de dinero en fiestas con asistentes que son chusma y no tienen principios, donde para ellos triunfar en la vida en tener tantísimo dinero que no tengan más preocupación que decidir dónde y cómo gastarlo, otros mueren sin haber sabido ni siquiera a qué han venido a esta cloaca, sin haber tenido siquiera tiempo de abrir los ojos, de morir antes de nacer).


        Pero, visto lo visto, mejor que tengamos un solo corazón. Los que amamos la vida, los que queremos disfrutar de este regalo que no sabemos quién nos otorgó, lo sentimos latiendo cada vez que nos enamoramos de otro ser humano, del cielo, de las aves, del agua del mar; de los ríos y la lluvia; de la nieve, de las plantas y las flores. Y aquellos pocos que lo van desgastando en hacer sufrir al resto, mejor dejémoslos que se vayan pudriendo solos, que se vayan asqueando solos cada vez que vean a otro ser humano feliz. Al fin y al cabo, también a ellos se les parará un día, y cuando ya no haya marcha atrás, hasta su corazón les dará la espalda porque el dinero y el poder ya habrán cambiado de alforjas.

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