Clamando en el desierto

Me imagino cómo se sentiría un cantante tras acabar de interpretar una cualquiera de sus canciones, y tras haber puesto todo su entusiasmo y sentimiento en la misma, no recibir ningún aplauso. Ni siquiera durante el transcurso de su canción.
        O qué sentiría el director de orquesta que al finalizar la suya, no levantase al público de sus asientos.
        O el torero, que tras dar muerte a su adversario, no oye ni silbidos ni palmas.
        O el ciclista, subiendo puertos de dos mil metros a treinta y cinco grados de calor, y no viese a nadie en los dos lados del camino alentando su inhumano esfuerzo.
        O al escritor, que vuelca toda su imaginación en un papel blanco tras otro, hasta conformar un libro que no se llegue a vender más que unos cuantos ejemplares.
        O al entusiasta que publica en un blog aquello que se le ocurre, que mezcla y remezcla entre realidad y fantasía, que tras más de tres mil setecientas visitas desde distintos lugares del mundo desde hace un año que empezó esta aventura, no encuentre apenas cinco comentarios que le hagan seguir sintiendo que lo que hace tiene sentido, que lo que le llega a ese desconocido al otro lado de la pantalla, le ha hecho sentir algo. Malo, bueno, indiferencia… Quizá interesarse dónde poder comprar lo que edita.
        Los que publican los famosos se venden solos. Los que publicamos los demás sólo se venden.
Para eso están los comentarios y el correo electrónico en cada trocito publicado. Para eso o para olvidarlo todo.
 

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