domingo, 2 de abril de 2017

Cien días


Ahora que se cumplen cien días desde mi prejubilación, habrá que hacer balance como hacen los nuevos gobiernos cuando ha transcurrido ese período de tiempo.

        Debo decir que estuve a punto de seguir en activo, pues lo había comentado con otro compañero que previamente lo hizo, y quise consultarle sobre la conveniencia de hacerlo o no. Finalmente, y a pesar de los enormes esfuerzos por retenerme por parte de compañeros y sobre todo jefes y amigos, decidí dar el paso y entregarme a mejor vida (dicho sea con todo el respeto).

        Siempre había soñado con este día: Olvidarme del  reloj, hacer las cosas con tranquilidad, no madrugar mucho, pasear, leer, viajar...

        Y a fe que lo estoy cumpliendo. El reloj no lo encuentro por ningún lado (y debe ser por la memoria); la tranquilidad (según me dice mi mujer) es irritante, ya que tardo en pasar la aspiradora, limpiar el polvo y hacer los baños, más de dos horas y media; no madrugo mucho –como decía–, pues mi hija me trae al niño y al chihuahua a las seis y cuarto de la mañana y yo estaba acostumbrado a levantarme para ir a trabajar a eso de las seis y media; pasear paseo mucho, ya que tengo que llevar al niño a la guardería, sacar al perro a que corra un poco y que haga sus necesidades, aunque tampoco me puedo entretener todos los días ya que tengo que comprar el pan y a veces tengo médico o pruebas que hacerme. En cuanto a leer, la verdad es que se me cansan mucho los ojos y leo poco porque no aguanto, pero me bajo un montón de libros de Internet y así por lo menos me hago la ilusión de que los tengo y que algún día los leeré.

        Y solo me queda el tema de viajar. A ver si cambia el tiempo y se me quitan los dolores de cuello, espalda y piernas que tengo, porque me ha dicho el médico que salga de casa, que con lo del colesterol, el azúcar, la artrosis, las piedras del riñón y vesícula, el hígado graso, las taquicardias y el sobrepeso que he cogido desde que dejé el trabajo, estoy en riesgo de infarto.

        De todos modos estoy contento: Me acuesto tan tarde como me da la gana, en el baño estoy todo el rato que me apetece (aunque no tengo otro remedio pues menudo estreñimiento crónico tengo, que por cierto, os recomiendo el  jarabe tan bueno que me tomo cuando la cosa aprieta). Y lo más importante de todo: el recuerdo constante que tengo de parte de todos aquellos compañeros que me querían y que no dejan de asediarme con sus whashapes, correos electrónicos, comentarios sobre los escritos del blog y otras redes sociales.

        Alguno dirá que será por la forma que tuve de despedirme. Y tienen razón... y yo también, porque los amigos aparecen cuando deben hacerlo y no diariamente para no parar de dejar de dar el coñazo. En realidad, eso no es amistad, es compañero de trabajo, compañero de copas, de compartir cotilleos, y los que van más allá: compañeros de planificar putadas haciendo la vida peor a los demás. Aún recuerdo varios cambios de departamento (unas veces con solo unos metros de distancias, otros separados tan solo por un piso y hasta alguno de sucursal). No sé qué tipo de abducción sufrieron, pero el caso es que muchos se olvidaron hasta de lo más elemental.


        Pero como esto es así, así me despedí yo. En la creencia firme de que todo se desarrollaría de esta manera. Lo cual no deja de ser triste, porque aunque sea contraproducente, tomar decisiones comprometidas y sujetas a la crítica no está nada mal. Recordemos que la peor decisión es la que no se toma y yo, por tomar y me creo con mucha suerte, solo tomo la almohada a la hora de irme a la cama.

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